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Mostrando entradas de 2014

Mantra

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De los sueños y los abrazos En tu cara despiertan Comisuras extensas de brillantes esquemas Embriagador es el cocktel de tu veneno En tus manos En mis manos En el poder de lo incierto. Infinita rueda de este mandala De colores intensos Y fronteras perfectas Te cruzas vos, me cruzo yo Te cruzas vos Me cruzo yo Y dibujamos un puente. Agosto 2014 Cine Tonalá. La Merced. Bogotá. Colombia.

Carmen y Berta, y el arte de comer uvas con cuchillo y tenedor.

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Estaba comiendo una manzana y tuve un deja vu. Pensaba en que la forma correcta, es a mordiscones, y que entonces porque en este momento estaba cometiendo el sacrilegio de trozarla con un cuchillo tramontina de mango de madera?. Porque mi manzana colorada, jugosa, dulce… deliciosa, estaba siendo asesinada por una falta de códigos y ética de mí parte?. Con esta escena dramáticamente freudiana, me traslado en centésimas de segundos, a las épocas más aromáticas de mi infancia. Pensé en mis tías abuelas Carmen y Berta. Carmen y Berta casi como un Agulla y Baccetti, un French y Beruti. Individualmente duales en su máxima expresión. Allá por el año en que nací, un mes después de tal momento, mis abuelos paternos Julio y Celia, tuvieron un accidente automovilístico. La historia cuenta que mi abuelo tuvo un infarto mientras manejaba, y mi abuela a su lado, cuando reacciona a este incidente, sin pensarlo, solo lo abraza y se entrega a lo que tenga que suceder. Así fue como los enco...

La inmortalidad en mis sueños

Que no lo sabes aunque te lo dije una vez… Entrelineame las palabras obscenas y descarriadas de ellas soy esclava en esta vida destinada a jugar desde el banco con ansiedades literarias Cinematográficamente te explico vos cantas y yo bailo sonrío y te abrazo desde una nube de dialogo Y cuando abrimos los ojos vuelvo a entender que no lo sabes... aunque te lo dije una vez.

Mila y el Señor Morrison bailan un vals de sueños violetas.

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Entre los arboles azules, amanecía una luna amarilla brillante. Los ojos miel de Mila sonreían. Había esperado todo el día para verla. Mila entrecerró sus párpados y comenzó a soñar. Le divertía ver como el camino de tierra colorada teñía sus alpargatas azules, ¡porque entonces eran violetas! Su color preferido. Mila coloreaba sus paredes de violeta, su cama de violeta y hasta su gato. Pobre Sr. Morrison… Cuando la veía a Mila con su esponja bañada en pintura abría sus ojos como dos soles asustados y salía corriendo en sus patas traseras. Ahí estaba el Sr. Morrison, sobre un monte de grama bien cortada, durmiendo y viajando en el mundo de las pelotitas de tenis… Miles de pelotitas de tenis saltando y el Señor Morrison feliz sin saber hacia dónde ir, por cual decidirse. Hasta que de repente… PUM! Mila lo toma en brazos y lo apretuja bien fuerte en su pecho -¡Sr Morrison lo estoy buscando desde que mis alpargatas eran azules! Para cuando el susto había pasado, el...

Aquî

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Si fueras la París de Cortázar, estarías ahí donde te pienso,  y no solo en tus tangos de sangre porteña y manos sensibles que añoran su norte. Si fueras la París de Cortázar, los encuentros podrían ser en cualquier barrio de Buenos Aires,  el menos pensado o el más transitado. Si fueras la París de Cortázar, esa trompeta sonaría en tu boca, y no solo en la de Miles.  Tus cuerdas tendrían nombres de serpientes y me hablarías sobre los discos de pasta. Las escaleras unirían los balcones también en alguna rue Martel, y no solo en este barrio porteño. Las melancolías tendrían acentos diacríticos y nuestro paladar no podría pronunciar tu palabra. Las historias de amor solo hablarían de niños llamados Rocamadour y la inocencia (mal pensada ignorancia) de unos ojos marchitos por la soledad. Si fueras la París de Cortázar, tu voz suave no conocería de finales. Y yo no te estaría pensando en donde no estás.

Abrazo compartido.

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Hoy el paisaje se viste de Merlo. Una casita con fondo sin fin y estructuras desencontradas de proyección. Patio húmedo y pavas de sarro añejo. Merlo siempre fue verano y abuelos. Que no eran míos, pero los tome prestados. Una casa a oscuras, con un niño de puro blanco en su primera comunión, mirando de reojo hacia la ventana que observaba la vereda. Quien sabe que es lo estaría tramando. Seguro vigilaba con su ojo de halcón al médico que fue su vecino y su gran casa parquizada en un exquisito verde brillante, pinos y flores en arcoíris. Pero él fue ingeniero. Y los destinos para ambos, están condenados por historias de pertenencia. A mí me enojaba que esas niñas me preguntaran donde vivía? Como es tu casa? Y de que trabaja? Tienen auto?... Me incorporaba de mi posición de indio y cruzaba la calle con cara de traste, decretando que nunca más volvería a charlar con ellas. El abuelo (adoptivo) Mario me recibía en el garaje – el lugar más fresco de la casa – y con su ...