Abrazo compartido.
Hoy el paisaje se viste de Merlo. Una casita con fondo sin
fin y estructuras desencontradas de proyección.
Patio húmedo y pavas de sarro añejo.
Merlo siempre fue verano y abuelos. Que no eran míos, pero
los tome prestados.
Una casa a oscuras, con un niño de puro blanco en su primera
comunión, mirando de reojo hacia la ventana que observaba la vereda. Quien sabe
que es lo estaría tramando. Seguro vigilaba con su ojo de halcón al médico que
fue su vecino y su gran casa parquizada en un exquisito verde brillante, pinos
y flores en arcoíris. Pero él fue ingeniero. Y los destinos para ambos, están condenados
por historias de pertenencia.
A mí me enojaba que esas niñas me preguntaran donde vivía? Como
es tu casa? Y de que trabaja? Tienen auto?... Me incorporaba de mi posición de
indio y cruzaba la calle con cara de traste, decretando que nunca más volvería
a charlar con ellas.
El abuelo (adoptivo) Mario me recibía en el garaje – el
lugar más fresco de la casa – y con su vos y ojos tiernos me convencía de que no
había nada porque enojarse. Yo vivía en Mendoza, en un hermoso lugar y con una
casa grande. Ellas son de Buenos Aires, acá no hay montañas.
Y yo me quedaba más tranquila.
La abuela (adoptiva) Petty, siempre estaba en la cocina,
cebando mate o picando alguna verdura. Atenta
cuidando que no salgamos al patio trasero, porque el perro nos podía morder. Petty
siempre tuvo olorcito a abuela linda. De piel blanca y sus soleros floreados.
Con hermosos ojos, o por lo menos eso es lo que me parecía a mí.
Las distancias y el tiempo son directamente proporcionales.
Pero los recuerdos, sensaciones y emociones son eternos.
Así como no se explica el destino, Petty conoció
Mendoza y disfruto su magia. Ella también tuvo las montañas. Y tuvo amor de nieto.
Ahí se ve un abrazo y un reencuentro. Buen viaje. Y gracias.

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