Julio es Horacio.
Hace 10 días que la hoja en blanco me intimida. Tipeo.
Borro.
Tipeo. 5 renglones. Guardo. Borro.
No me falta inspiración… eso se los puedo asegurar. Solo es
que a veces me pregunto si es posible hacer público todo lo que uno tiene para
decir. Digo… es que hay que pensar antes de hablar? Por lo menos así dicen. Que
queda del hablar sin pensar?
Hace mucho que no veo cine de ficción, y me estoy poniendo
muy seria. Tengo que volver al ruedo.
Eso de andar con David Lynch, Manuel Puig, y Wilfred como frutilla del
postre… Solo me falta el café literario con luz sepia, olor a libro y gafas. Sobre
la mesa un té de jengibre o maíz. O también,
(una clásica adjudicada ya hace mucho tiempo a una gran cinéfila) Sillón de
estilo de pana color bordo, lámpara de pie, mesita a diestra, un vaso de whisky
con sus rocas danzando a ritmo contrarreloj. Humo y cigarrillo pereciendo en cenicero
plateado. Un leve olor a humedad. Suena jazz, definitivamente. Bronces.
Me fui a Rayuela. Tengo un idilio con Horacio Oliveira.
Idilio platónico por supuesto.
Para mi Julio es Horacio. Y eso de que toque la trompeta,
escuche jazz… que cuando uno lo escucha hablar suena como un gorgojeo fusión
Paris con Buenos aires. Resbala en sus palabras… Con cigarrillo siempre en los
dedos, y esa barba guevarista. Que combo maléfico. Maléfico para mi mundo
planetario, porque Julio es de otros tiempos, y esos personajes ya no existen
en este, el de aquí y ahora. Por eso vuelvo a que es Horacio y me quedo en su
personaje de ficción, en donde cualquier similitud es pura coincidencia y Julio
es una mera creación de mi imaginación en sus propias palabras. Horacio
entonces me envuelve en sus tardes de discos de pasta. En sus paseos por la rue
de Seine, en los encuentros “fortuitos” con La Maga, en sus recuerdos, en sus
palabras, descripciones, momentos, instantes…
“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del
puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa,
convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras
vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel
rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”
…
Me gustaría ser un poco más Cortázar que García Márquez,
pero perdería mi esencia. Se las debo para otra vida.
Lo mío es el detalle. Contexto. Me es imposible contar un
evento sin describir su entorno y de donde surgió. Y así pierdo interés en mis
oyentes. Siempre.
Una historia es una historia, y si yo digo en el aire “cuando
éramos chicos uno de mis hermanos tomo kerosene de una lata” no es lo mismo que
“cuando mi hermano tenía 2 años, vivíamos en una casa muy grande, con pasillos
extensos, techos altos, y pocos servicios. Un día de invierno, tenía la estufa
prendida de kerosene para calefaccionar el baño ya que me iba a duchar… y sin
verlo, mi pequeño hermano me siguió… Habían
cortado la luz, ya que por esas zonas, cuando sopla el viento Zonda, por
seguridad….” Bla bla bla bla bla…
Mejor los dejo acá. Imagino al monito de Homero tocando los platillos
en sus cabezas.
No mires la hora en
tu reloj. Disfruta de esos detalles.
Abrí tu mente.
Mía Saibot.
Subjetividad del Tiempo. Julio Cortázar.

Me gustó y me volvió a gustar (porque lo leí dos veces).
ResponderEliminarTal vez porque creo que los detalles, cuanto más pequeños son más importantes. O porque aprieto el pomo del dentífrico desde el fondo... no, lo primero, seguro.
Creo que en cuanto a pensar lo que uno dice, lo mejor sería lograr decir lo que uno siente sin pensarlo, sin analizarlo, sin calcular o medir las palabras. No puedo no pensar!!!
Me quedo con la intriga de saber cómo termina la historia de tu hermano, el kerosene y el zonda.
Me quedo con la intriga y voy a leer lo escribís... prometo!
Un abrazo, fuerte...
Pablo
Algun dia contare solo historias. Prometo. Gracias por el comment y por leerme!! Groso Pablo!
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