Carmen y Berta, y el arte de comer uvas con cuchillo y tenedor.
Estaba comiendo una manzana y tuve un deja vu.
Pensaba en que la forma correcta, es a mordiscones, y que
entonces porque en este momento estaba cometiendo el sacrilegio de trozarla con
un cuchillo tramontina de mango de madera?. Porque mi manzana colorada, jugosa,
dulce… deliciosa, estaba siendo asesinada por una falta de códigos y ética de mí
parte?.
Con esta escena dramáticamente freudiana, me traslado en centésimas
de segundos, a las épocas más aromáticas de mi infancia. Pensé en mis tías
abuelas Carmen y Berta. Carmen y Berta casi como un Agulla y Baccetti, un
French y Beruti. Individualmente duales en su máxima expresión.
Allá por el año en que nací, un mes después de tal momento, mis
abuelos paternos Julio y Celia, tuvieron un accidente automovilístico. La
historia cuenta que mi abuelo tuvo un infarto mientras manejaba, y mi abuela a
su lado, cuando reacciona a este incidente, sin pensarlo, solo lo abraza y se
entrega a lo que tenga que suceder. Así fue como los encontraron. Abrazados.
Juntos. Hasta el final.
Carmen y Berta eran hermanas de mi abuela Celia, y al presentarse
este hecho tan drástico y triste, decidieron ocupar su lugar en nuestras vidas.
Y así fue, sin dudas que lo fueron.
Carmen y Berta se duchaban antes de desayunar y comían la
fruta con cuchillo y tenedor. Toda la fruta, inclusive las uvas. Si… y las
pelaban. De solo verlas, en silencio me reía. Berta siempre estaba de frente a
la silla que tome la costumbre de ocupar. La veo en sus vestidos, suave.
Siempre fue suave y callada, pero atenta a todo. Era de las que observaba. Sus
gafas eran muy glamorosas, redondas sesentosas. Con pocos anillos y pulseras,
delicadas. Berta pelaba las uvas y yo la miraba. Me gustaba ver sus gestos, su
paso a paso. Berta era flaquita, muy blanca, muy europea. Y hacia la sopa de
verduras más rica del mundo. No podías dejar de comerla ni en pleno enero a las
12 del mediodía. Berta Soledad era su nombre.
Las visitas a las 5 de la tarde tenían ese toque europeo del
que tanta piel se hacían. La mesa impecable, con su mantel, las tazas con
detalles rococó, muy finas, muy inglesas. Cada taza, a su lado tenía un platito
extra donde uno apoyaba sus entremeses, y por supuesto, cuchillo y tenedor.
Nada al azar, era imposible. Los sandwichitos de miga, que eran tan deliciosos…
Las servilletas de tela, con su porta servilletas de plata.
Las pienso y las extraño tanto. Hace años que no las nombraba.
La televisión nunca estaba prendida, y menos la radio. La radio solo cuando Carmen estaba en su habitación sola. Pero cuando estábamos todos, los más chicos nos separábamos del grupo para aventurarnos en las historias de la AM, con el background de la calle Mitre y toda su sinfonía de colectivos y taxis subiendo a este tercer piso. Billinghurst 97.
Esa casa tenía un aroma que en este momento se me revela en
mi comedor. Aun tengo una sabana en mi armario, una de esas con las que me
preparaban las frazadas oficiando de colchon, a la derecha de la cama de Berta.
Esa sabana tenía ese olorcito a Tías, que al guardarla tengo la esperanza de
volver a sentirlo cuando la encuentro de
casualidad. Blanca con florcitas pequeñas celestes.
Sentarse a tomar el té de las 5, era una escena de Alicia en
el País de las Maravillas, pero versión Burton. Todos nosotros muy del campo,
anonadados con tanto brillo… una burguesía desconocida, a la que nada se
asemejaba a nuestra Colonia Plantel de Palmira. Todo estaba en su sitio, las
puertas de las cómodas y placares con llaves, pero puestas. El olor a madera del
estilo provenzal. La mesa redonda, las 4 sillas. Los dos sillones de un cuerpo
sobre una pared (el de la derecha de Berta, el de la izquierda de Carmen), con
la mesa ratona en el centro, algunos ceniceros
que nunca fueron usados (por supuesto que todos son recuerdos de otros
países visitados, como la pared de la derecha… repleta de platos) y su velador
en el centro.
La historia es que nunca las vi con comida en sus manos. Ni
una medialuna. Nada podía hacer, que estas dos mujeres, dejaran de ser tan
delicadas, tan señoras, tan europeizadas.
Y esta manzana que estaba disfrutando hace un rato, me lo
recordó. Nada de lo que fueron mis tias Carmen y Berta, nada… ni memoria
residual en mis costumbres. Solo mi sabanita de una plaza. Blanca con flores
muy pequeñas celestes. A la derecha de Berta Soledad.

Cuanta nostalgia siento en este momento. Aquellos años tan lejanos ya pero que Han dejado recuerdos imborrables en mi mente. Cuanto quisiera volver atras en el tiempo y compartir con mis tias, mis hijos y mis sobrinos aquellas tardes de te con esa porcelana inglesa tan caracteristica de Carmen y Berta
ResponderEliminar